



Es de esos que uno con facilidad reconocería en una rueda de detenidos, o en un cumpleaños en que siempre se le verá inflar condones con emoción. A veces, inadvertido, nos sorprende con palmadas en la espalda, y pregunta por la alergia que descubrió a tiempo en nuestro hogar. Sin dolor no hay goce –dice-, y destapa una botella de cerveza con sus dientes; se jacta de escribir poemas pornográficos y leerlos a ancianos en un hogar de reposo donde trabaja. -Es necesario compartir el fruto ácido de nuestro talento con los más desposeídos –dice con lágrimas en los anteojos. Por las noches, sigiloso, hurga tachos de basura con la esperanza de hallar una prenda interior femenina, tal vez para olerla, frotar su nariz en ella, sus genitales. ¡Válgame dios, siento una comezón terrible en mis entrepiernas! No puedo seguir, cuídense, bye.
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