
Es de esos que uno con facilidad reconocería en una rueda de detenidos, o en un cumpleaños en que siempre se le verá inflar condones con emoción. A veces, inadvertido, nos sorprende con palmadas en la espalda, y pregunta por la alergia que descubrió a tiempo en nuestro hogar. Sin dolor no hay goce –dice-, y destapa una cerveza con sus dientes; se jacta de escribir poemas pornográficos y leerlos a ancianos en un hogar de reposo donde trabaja. Es necesario compartir el fruto ácido de nuestro talento con los más desposeídos –dice emocionado, mientras huele una prenda interior femenina encontrada en un tacho de basura.
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